
Cumplir años viene bien o mal dependiendo del momento de la vida en que nos encontremos. Me siento afortunada por disfrutarlo y con una valoración positiva, poder decir que no me importa crecer (en años).
Independientemente de la parte cultural de la cuestión, los cumpleaños se suceden con reflexiones acerca de lo vivido, de las arruguitas que rodean los ojos, de la tripita y de si estamos en el lugar que nos merecemos, profesionalmente hablando. El camino nos lo construimos cada persona, aprovechando los trenes de la vida, y parándonos y buscándonos atajos o largos y arduos recorridos en busca del objetivo.
Mi objetivo, ser feliz, lo tengo claro, y respirar las oportunidades que me ofrecen, compartiéndolo con las personas a las que quiero. Disfrutar de las vivencias diarias, apostar por lo que creo, cuidar mi salud y especialmente, empaparme de todo lo que la vida me regala, me convierte en una persona con suerte; especialmente esa suerte la transfiero por las personas que me rodean, que tanto me enseñan, aportan y soportan.
Con los años evaluamos el mundo que nos rodea de manera, se entiende, más enriquecedora, debido al aprendizaje y a las experiencias. En mi caso, me topo con la máxima de que con los años se vuelve una más conservadora. Pues me siento excepción (cumpliendo o no con las reglas). Cada año me siento más crítica, más reivindicativa, más atea, más roja y más republicana. Quizá ésto sea como la campana de Gauss, pero mientras tanto, seguiré en mis caminos de lucha ya abiertos, a la espera de poner un minúsculo granito de arena.
Lo mejor: poder crecer y cumplir años con las personas que me rodean a las que agradezco (y agradeceré) tanto afecto, tanto cariño, tanta maestría y tanta pasión.


