El patriarcado, esa macroestructura invisible, normalizada y que introduce sus raíces en todos los estamentos de nuestras vidas, es un elefante gigante que ha arrasado durante nuestra historia con el surgimiento hipotéticamente natural de nociones de igualdad.
La igualdad se ha tenido que imponer, a través de instrumentos y políticas, ya que el peso cultural impide su florecimiento natural.
Esas diferencias en base al sexo, en base al género, a modo de reflexión, y alejándome de las peripecias anecdóticas de John Gray (“Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus”), influyen de forma tan contundente, que el hecho de percatarnos ya es un gran esfuerzo. La vida nos rodea de problemas, complicaciones y quehaceres que concentran toda nuestra atención, y encima ahora, hay que tener en cuenta esas desigualdades para poder erradicarlas. Pues sí. Tener una mirada igualitaria en base al género cuesta, duele, sangra; pero también satisface.
En cualquier esfera social, en cualquier estamento, es fácil realizar un análisis con perspectiva de género. Y no se trata de que las mujeres participemos más, impongamos nuestras formas o cosas por el estilo.
Se trata de dibujar desde el respeto y la tolerancia a las diferencias, a las diversidades, y favorecer la construcción de un mundo donde hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades para hacer cualquier cosa, independientemente de su sexo.
En el plano político, el tema de la paridad o representación equilibrada sigue siendo motivo de crítica y debate. Por un lado está la opinión de que las mujeres, valgamos lo que valgamos, tenemos que estar ahí, por justicia, por paridad y punto. Y por otro lado, el discurso adelantado en los tiempos (con respecto al pensamiento global), de la valía de las personas es algo independiente de su sexo.
Mi opinión se sienta entre ambas estructuras. Si no existiera la máxima de la paridad, seguirían existiendo más puestos de poder masculinizados y espacios de organización ocupados por hombres. Sin embargo, y según mi experiencia, esta representación equilibrada sigue siendo un espejismo.
Las mujeres somos monedas de cambio, no consolidamos en los puestos de decisión, porque somos las que más nos trasladamos (de un lado hacia otro, dentro y fuera), alimentan la división, cortan desde la raíz la promoción política, impiden la concentración y/o reuniones únicas de mujeres (y hombres que se creen lo de la igualdad de verdad); y si añadimos el tema generacional, nace la doble discriminación. Por supuesto dejando a un lado cuando se produce una estela molesta al hacer sombra a alguien, que se supone más valioso que una misma. Todas estas situaciones tienen un denominador común. EL que decide. En masculino y a nivel generacional; EL DE SIEMPRE.
Recuerdo en un debate sobre la paridad, en una mesa redonda en la que participé, donde un compañero de partido de la provincia de Cádiz, alardeando de su lucha por la igualdad, comentaba que en los puestos de poder (de forma muy general) cabemos todos y todas. Y ese es el gran error. Puede ser una solución a corto plazo para resolver lo de la paridad el hecho de crear direcciones y puestos de decisión de segundo plato, normalmente relacionado con el tema social (muy adecuado para las mujeres…en fin); pero no se trata de eso. Repartir el poder es integrarnos nosotras mismas, no que nos coloquen en puestos añadidos. De esta forma se perpetúa las tomas de decisiones en círculos masculinos, en horas despectivas y donde se selecciona qué mujer promocionar y cuál no.
Esto, que lo he vivido en mis carnes, me ha provocado siempre un sentimiento importante de repugnancia. Bajo ningún concepto solicito el poder por el poder para las mujeres. Eso, tan característico del patriarcado, es dibujado, leído y organizado bajo miradas masculinas. Y por supuesto, bajo miradas de mujeres que adoptan el formato masculino para su supervivencia.
Las mujeres que trabajamos en defensa de la igualdad deseamos que este disfrute de poderes sea ganado por valía propia, por el potencial en la apuesta por un trabajo justo y al servicio de los demás, independiente de si se es hombre o mujer, más o menos joven. Eso sí, lejos del interés propio, la avaricia y la inoperancia.
Hasta que esta idea no fluya en las cabezas pensantes de forma natural, no tenemos nada que hacer. Y es una pena, porque se está desaprovechando muchísimas valías, muchas aportaciones y formas de trabajar propias del pensamiento feminista, opuesto y radicalmente diferente al propio del patriarcado.
¿Cuál es la opinión de las mujeres en época de crisis, que son las más perjudicadas?
¿Cuál es la opinión de las mujeres sobre la explotación sexual, que son las más perjudicadas?
¿Cuál es la opinión de las mujeres sobre el aborto, que son las más perjudicadas?
¿Cuál es la opinión de las mujeres sobre la política educativa?
¿CUÁL ES LA OPINIÓN DE LAS MUJERES?
La igualdad se ha tenido que imponer, a través de instrumentos y políticas, ya que el peso cultural impide su florecimiento natural.
Esas diferencias en base al sexo, en base al género, a modo de reflexión, y alejándome de las peripecias anecdóticas de John Gray (“Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus”), influyen de forma tan contundente, que el hecho de percatarnos ya es un gran esfuerzo. La vida nos rodea de problemas, complicaciones y quehaceres que concentran toda nuestra atención, y encima ahora, hay que tener en cuenta esas desigualdades para poder erradicarlas. Pues sí. Tener una mirada igualitaria en base al género cuesta, duele, sangra; pero también satisface.
En cualquier esfera social, en cualquier estamento, es fácil realizar un análisis con perspectiva de género. Y no se trata de que las mujeres participemos más, impongamos nuestras formas o cosas por el estilo.
Se trata de dibujar desde el respeto y la tolerancia a las diferencias, a las diversidades, y favorecer la construcción de un mundo donde hombres y mujeres tengan las mismas oportunidades para hacer cualquier cosa, independientemente de su sexo.
En el plano político, el tema de la paridad o representación equilibrada sigue siendo motivo de crítica y debate. Por un lado está la opinión de que las mujeres, valgamos lo que valgamos, tenemos que estar ahí, por justicia, por paridad y punto. Y por otro lado, el discurso adelantado en los tiempos (con respecto al pensamiento global), de la valía de las personas es algo independiente de su sexo.
Mi opinión se sienta entre ambas estructuras. Si no existiera la máxima de la paridad, seguirían existiendo más puestos de poder masculinizados y espacios de organización ocupados por hombres. Sin embargo, y según mi experiencia, esta representación equilibrada sigue siendo un espejismo.
Las mujeres somos monedas de cambio, no consolidamos en los puestos de decisión, porque somos las que más nos trasladamos (de un lado hacia otro, dentro y fuera), alimentan la división, cortan desde la raíz la promoción política, impiden la concentración y/o reuniones únicas de mujeres (y hombres que se creen lo de la igualdad de verdad); y si añadimos el tema generacional, nace la doble discriminación. Por supuesto dejando a un lado cuando se produce una estela molesta al hacer sombra a alguien, que se supone más valioso que una misma. Todas estas situaciones tienen un denominador común. EL que decide. En masculino y a nivel generacional; EL DE SIEMPRE.
Recuerdo en un debate sobre la paridad, en una mesa redonda en la que participé, donde un compañero de partido de la provincia de Cádiz, alardeando de su lucha por la igualdad, comentaba que en los puestos de poder (de forma muy general) cabemos todos y todas. Y ese es el gran error. Puede ser una solución a corto plazo para resolver lo de la paridad el hecho de crear direcciones y puestos de decisión de segundo plato, normalmente relacionado con el tema social (muy adecuado para las mujeres…en fin); pero no se trata de eso. Repartir el poder es integrarnos nosotras mismas, no que nos coloquen en puestos añadidos. De esta forma se perpetúa las tomas de decisiones en círculos masculinos, en horas despectivas y donde se selecciona qué mujer promocionar y cuál no.
Esto, que lo he vivido en mis carnes, me ha provocado siempre un sentimiento importante de repugnancia. Bajo ningún concepto solicito el poder por el poder para las mujeres. Eso, tan característico del patriarcado, es dibujado, leído y organizado bajo miradas masculinas. Y por supuesto, bajo miradas de mujeres que adoptan el formato masculino para su supervivencia.
Las mujeres que trabajamos en defensa de la igualdad deseamos que este disfrute de poderes sea ganado por valía propia, por el potencial en la apuesta por un trabajo justo y al servicio de los demás, independiente de si se es hombre o mujer, más o menos joven. Eso sí, lejos del interés propio, la avaricia y la inoperancia.
Hasta que esta idea no fluya en las cabezas pensantes de forma natural, no tenemos nada que hacer. Y es una pena, porque se está desaprovechando muchísimas valías, muchas aportaciones y formas de trabajar propias del pensamiento feminista, opuesto y radicalmente diferente al propio del patriarcado.
¿Cuál es la opinión de las mujeres en época de crisis, que son las más perjudicadas?
¿Cuál es la opinión de las mujeres sobre la explotación sexual, que son las más perjudicadas?
¿Cuál es la opinión de las mujeres sobre el aborto, que son las más perjudicadas?
¿Cuál es la opinión de las mujeres sobre la política educativa?
¿CUÁL ES LA OPINIÓN DE LAS MUJERES?
