Cada dia la veo en el mismo lugar a través de mi ventana. Absolutamente todos los días, incluidos los domingos, aparece esa niña, negociando la entrada a la adolescencia e imitando las formas y posturas de su madre, inseparable compañera.
La rutina no se disfraza en sus ojos, ni el anhelo de su mirada cuando ve a otros niños entrar en su tienda, manosearlo todo, y salir con una sonrisa enorme por un artículo (normalmente inútil) entre sus manos.
Ella asume el rol de su madre, parecen la misma persona en dos momentos de la vida, un parecido físico increíble, además en la forma de hablar, al apoyar la mano en la cadera, la forma de mover las manos, incluso se ha alimentado del acento gaditano y de algunas coletillas: "¿Qué quieres, guapa? ¿Te ayudo en algo, Mari?.
Todos los dias acompaña a su madre, con el mismo protocolo y la misma poquita ilusión, coloca el material en la puerta, lo más alto con la ayuda de un palo, pues aún es bajita, y va ordenando de forma meticulosa aquellos objetos que sirven para un verano, y normalmente para el disfrute y el relax de quien lo compra: pareos, sillas de playa, sombrillas, neveras, pelotas...
Ayer la vi, por la tarde, haría calor en la tienda porque estaba fuera. Cogió una de las sillas y se sentó a tomar un poco de aire. En ese momento di un paseo con mi perro, y pasé muy cerca de ella. Tenía la mirada perdida, sentada en una postura que presumo era bastante dañina para la espalda. En el momento que se iba a acercar a acariciar a mi perro (algo habitual), su madre le llama y de inmediato, obediente, se levanta. Nos miramos durante unos segundos,Y se dirigió hacia el interior de la tienda.
Esa mirada cruzada que tuvimos, me dejó algo pensativa, decía mucho y nada a la vez: enfado, apatía, conformismo, aburrimiento...
Supongo que la próxima vez debería hablar con ella. Al menos preguntarle cómo está.
A lo mejor nadie se lo ha preguntado nunca. Ni a su madre tampoco.


